Contándonos batallitas andábamos, cuando un amigo cuyo nombre no diré (mi primo Jordi), comenzó a filosofar y remarcó: «Recuerdo todas y cada una de las Nocheviejas de mi juventud: dónde y con quién cené; a qué sala de fiestas fui; la gente que conocí; y dónde acabé. Todas diferentes, todas divertidas. Pero a partir de cierto año determinado no recuerdo nada especial de ellas. Desde que me casé, todos los años vivo la misma Nochevieja, ¡repetida!».
Todos los años duran los mismos, 365 días, pero cada vez nos parecen más cortos. Ese fenómeno psicológico se produce por dos motivos: el primero, porque conforme nos hacemos mayores, más reducida es la duración relativa de un año con respecto al total de los vividos; el segundo, porque con la edad, los días son cada vez más parecidos y repetimos vivencias una y otra vez (y como las Nocheviejas de adulto, nos dejan pocos recuerdos reseñables).
Solemos tener un recuerdo diáfano de la primera o el primer…beso, novio, polvo, día de universidad, fiesta de discoteca, coche, viaje con amigos, etc. Las nuevas experiencias dejan huella tanto en la retina como en el corazón, por eso la juventud es memorable.
Que algo sea novedoso es requisito para que pueda ser considerado creativo. ¿Se hubiera convertido Elvis en el Rey del Rock si no hubiera sido el primero en mover así las caderas, o Michael Jackson en el rey del Pop sin caminar sobre la luna encima de un escenario? Recordamos a la ganadora de la primera edición de Operación Triunfo, como supongo que los norteamericanos se acordarán de la de America ‘s Got Talent; pero, ¿quién ganó la décima convocatoria de esos concursos?
Antes de que existieran las aplicaciones de mensajería instantánea y los teléfonos inteligentes, viajar nos trasladaba al mundo del momento presente. Te marchabas fuera dos semanas y, por una parte, desconectabas de tus preocupaciones y ambiciones, por la otra, te sumergías en ese nuevo lugar para disfrutar de sus parajes, olores y comidas, y observar el aspecto, y la forma de vestir y organizarse de sus gentes. Al desligarnos de manera temporal de nuestras vidas, y centrarnos en nada más que simplemente vivir, conseguíamos andar tan ligeros que regresamos a casa como volando sobre una nube.
La novedad es un imán que nos atrapa y engancha. Cuando comenzamos una relación con alguien que nos ha enamorado las conversaciones al teléfono son eternas: «cuelga tú, amor», «no, cuelga tú». Con los años, no es extraño que al sonar el mismo número de móvil digamos: «qué cojones querrá ahora». Lo mismo nos sucede en el trabajo; con el paso del tiempo y a fuerza de repetirlas, tareas que nos entusiasmaban, dejan de interesarnos.
Lo fresco nos sienta bien. Quienes hacen más cosas nuevas, como viajar o aprender, son más felices. Las personas que poseen el rasgo de personalidad «búsqueda de la novedad» más desarrollado, son más dichosas y están más sanas que la media. Quizás sea porque viven más situaciones novedosas, lo que mejora nuestro estado de ánimo.
La novedad nos llena de energía. Con una pareja nueva, los encuentros sexuales suelen ser colosales, y la alfombra, el coche o un sitio público nos parecen lugares ideales; en cambio, con los años solo la cama nos acomoda. Alexandre Pires canta en bolero: «Hoy hago el amor con otra persona, contaré que es amor, juraré que es pasión… la verdad es que miento, que vivo pensando si te olvidaré». Pero lo de Alexandre, no es lo habitual. Puede que
alguna vez hayas copulado pensando en otra persona, o que algún amigo te haya confesado que le ha sucedido. No es algo extraño, pero rara vez acontece en las primeras veces que hacemos el amor con alguien. Nos «encendemos» más en los primeros encuentros, en ellos los hombres segregamos un 44% más de dopamina de lo habitual.
Pero no solo el sexo es capaz de activar el circuito de la recompensa con esos chutes, vivir experiencias que nos sorprenden también lo consigue. Quizás por ello dicen que en la variedad está el gusto y nos aburra comer siempre lo mismo. La monotonía hace que nos cansemos de las dietas de adelgazamiento. A todos nos encantan nuestros dos platos favoritos, pero pocas personas preferirían pasar el resto de sus vidas almorzando uno de ellos y cenando el otro, sin poder probar nada diferente más, que disfrutar de una dieta variada.
A los andaluces les gusta el flamenco, a los latinos la salsa y a los afroamericanos el hip-hop. Nos gusta la variedad, pero preferimos lo familiar: la paella del abuelo, la tortilla de patata de la mamá y la ensaladilla rusa de Casa Paco. Pregunta a un francés, un italiano, un chino, un japonés y un español por su comida favorita y te contestarán: la francesa, la italiana, la china, la japonesa y la española. ¡No preguntes a un inglés!
Nos gusta la novedad, pero las personas felices permanecen más tiempo casadas 75. Conforme pasa el tiempo, la relación con tu pareja se torna menos explosiva pero más tranquila. Y te puedes relajar. Nos marcan «las primeras veces», pero hay algunas que preferiríamos evitar: ¿No pasaste un mal trago cuando se te escapó el primer aire delante de tu pareja? Después de ese momento cumbre, una relación pasa a un nivel superior: puedes relajarte y atreverte a dejarte los calcetines puestos al hacer el amor. Lo nuevo nos activa, pero estar en confianza nos relaja. Aún recuerdo a unas amigas hablando sobre si aún estaban enamoradas de sus maridos. Una comentó: «Ya hace años que no estoy enamorada de Vicente, pero no pienso dejarle. ¡Le quiero como si fuera de la familia!».
Edward Sharpe and the Magnetic Zeros alaban el amor sereno. «Man, oh man, you’re my best friend. I scream it to the nothingness. There ain’t nothing that I need… Oh, home, let me come home. Home is wherever I’m with you». Hay personas con las que nos sentimos como en casa y «en familia», y no conviene perderlas. Si en cualquier sitio en el que estés con tu pareja, you feel home; es que él/ella es tu casa.
El amor y el humor van de la mano, pues como sabes, las parejas que se tronchan juntas permanecen más tiempo unidas. Pero es muy difícil que salten carcajadas entre extraños. Tras divorciarme conocí a chicas de diferentes lugares, pero no me reía con ninguna como con las del terreno. Si ya me resultaba complicado hallar una chica española que pillara todas mis ironías, imposible era hacerlo entre quienes no distinguen los diferentes acentos y no conocen nuestras expresiones y giros lingüísticos. Me dije:«¿De verdad quieres ennoviarte con alguien que no pille tus «coñas» y las de tus amigos? Ni de broma». Nos gustan las personas que tienen el mismo sentido del humor que nosotros, y es mucho más probable encontrarlas entre quienes comparten un acervo común y han vivido historias parecidas.
Todos hemos sentido neofilia, el deseo de vivir nuevas experiencias, a lo largo de nuestras vidas, pero unas personas lo hacen de forma más habitual que otras. Aproximadamente la mitad de nosotros tiene una variación genética asociada a una menor concentración de receptores de dopamina en el cerebro. Si estás en ese grupo es más probable que seas una persona infiel, promiscua, manirrota, fumadora o exploradora.
Existen diferentes expresiones de la neofilia: la social, la sienten quienes les encanta conocer gente nueva; la intelectual, los amantes del saber; y la cinestésica, los que cambian de disciplina atlética y les gustan los deportes extremos. Me sorprendió que mi amigo Salinero se volviera a emparejar al poco tiempo de divorciarse: «Soy un titiritero Juan, mi vida profesional es un tío vivo; necesito que mi vida personal, sea una balsa».
El equilibrio idóneo entre lo novedoso y lo familiar nos acerca al bienestar, y cada una lo encuentra en un territorio que debe explorar: si una vida estable en lo laboral y movida en lo personal, o lo contrario; si todas las áreas quietas, en movimiento o en cualquier punto intermedio entre los opuestos. Lo que sí me parece es que hasta a los que son más caseros, una buena jarana al año no les hace daño.