Aún recuerdo la primera vez que sentí una mezcla de asombro y energía que pareció conectarme con algo superior. Se produjo al entrar en el patio de La Gallerie delle Uffizi en Florencia. El edificio diseñado por Giorgio Vasari, cuya construcción se produjo entre 1560 y 1581, alberga actualmente una colección de pinturas entre las que se encuentra obras maestras del siglo XIV y del Renacimiento de autores como Giotto, Simone Martini, Botticelli, Leonardo, Rafael, Miguel Angel y Caravaggio, y una colección de esculturas que provienen de la familia Medici, que consisten en antiguas copias romanas de antiguas esculturas griegas.
Pero, donde sentí esa mezcla de asombro y energía que me tocó tan adentro fue al encontrarme con el cortile. Un patio interior largo y estrecho que se abre al río Arno y que es considerado por los historiadores de la arquitectura como el primer paisaje callejero ordenado de Europa. Vasari consiguió acentuar la sensación de longitud del patio mediante el juego que realiza con las cornisas de las fachadas, así como con los tres escalones continuos sobre los que se asientan las fachadas del palacio. La guinda fue cuando en el siglo XIX los pilares que se alternan con las columnas del Loggiato se llenaron de esculturas de artistas célebres.
Observar la belleza que nos regala la naturaleza nos maravilla: una luna llena rojiza, un arcoiris con los colores bien definidos, una noche estrellada, una cordillera nevada o unas cascadas gigantes. Ralph Waldo Emerson se embelesaba con ella: “creo que este mundo es tan bello que me cuesta creer que existe”. Pero también nos conmueve la belleza creada por el hombre: adentrarte en el Vaticano o el Taj Mahal, pasear por el centro de París, analizar cada curva y detalle del David de Miguel Ángel o contemplar La Joven de la Perla de Verner son goces que nos elevan. Lo bello e imponente de la catedral de Santa Sofía en Estambul, del Palacio de Oriente en Madrid o de la corte de justicia de Budapest no solo nos conmueve, también hace sentirnos más pequeños.
Cuando nos topamos con algo “inmenso” en cuanto a tamaño, número, complejidad, belleza o alcance, no solo nos admiramos y maravillarnos, también sentimos la necesidad de comprenderlo mejor. Una sensación que es capaz de transformar cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo tratamos al prójimo, cómo miramos el mundo y cómo percibimos el paso del tiempo. Normal que el deporte de élite tenga tantos seguidores. Admiramos a los más grandes y a sus obras, porque disfrutamos al mirarlas. Pasear por los templos de Kioto o entrar en el Cortile della Gallerie delle Uffizi nos conmueve y asombra, también ver en directo un gol tras una jugada inverosímil de Lionel Messi. Todas ellas se asemejan a experiencias espirituales, te fijan al momento presente y, además, te hacen cuestionarte cosas.
Podemos mejorar nuestra vida relacionándonos mejor con la belleza. Todos podemos aprender a apreciar y maravillamos con la bello, hasta en lo más pequeño: observar un árbol y apreciar las diferentes formas, tamaños y matices de color de sus hojas, las texturas y dibujos en su tallo o cómo el viento afecta a su movimiento; observar un rostro y apreciar la ternura que transmite su sonrisa, el brillo de sus ojos y el ladear de su cabeza. Todos podemos acercarnos a bellos parajes naturales, visitar museos o pasear por barrios lindos. Todos podemos deshacernos de lo feo que tenemos en casa -ropa, muebles y decoración- y cambiarlo por algo más bonito. Más vale menos y bonito, que mucho y feo.
Rodearnos de belleza nos hace felices. En un museo, un estudio monitorizó, mediante aparatos de medición atados con correas al brazo que seguían los movimientos, la mirada y la excitación fisiológica de los visitantes, cómo se sentían las personas a nivel fisiológico y concluyó que eran simultáneos los momentos de mayor bienestar con aquellos en que observaban las obras de arte que más les gustaban.
Lo bello también hace que seamos más efectivos. 257 voluntarios completaron una serie de tareas en una página web con 4 versiones diferentes de la misma, cada versión era una combinación diferente de dos variables: lo bonito o feo de su diseño y lo sencillo o complejo de su uso. Se medía tanto el tiempo para realizar las tareas como los errores cometidos. La versión sencilla y bonita ofreció el mejor resultado, pero la versión bonita y compleja arrojó los mismos resultados que la sencilla y fea. Y es que la sencillez de uso percibida es mayor cuanto más bonita es la página web, incluso cuando comparamos dos igual de sencillas.
Es una creencia universal que lo caro es bueno, pues “lo barato suele salir caro”. En todas las culturas donde lo hemos estudiado, la gente cree que lo lindo es superior. Igual por evidente, la sabiduría popular no ha sentido la necesidad de acuñar una loa a la belleza. Parece que los antiguos sabios de los pueblos pensaban como Oscar Wilde: “La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación”.
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