Era un domingo a mediodía y tres matrimonios con nuestros 8 hijos decidimos entrar en la pizzería de un centro comercial. Tardaron un buen rato en tomarnos nota de la comida y tras veinte minutos llegaron las bebidas. Inquirimos varias veces sobre la tardanza en recibir los platos de comida, su respuesta: “estamos colapsados”. Al poco de pasar la hora de espera, decidimos irnos sin pagar las bebidas. Es la única vez en mi vida que me he marchado sin pagar de un local. Aún me acuerdo de todos los detalles.
Pagas una cuenta y tu cabeza se olvida de inmediato, cumplir una obligación, te libera. Pero si una sola vez en tu vida actúas de forma incorrecta, el remordimiento te puede perseguir de por vida. Sabes que no actuaste bien y eso te hace sentir mal. He preguntado a centenares de personas: “¿te has marchado alguna vez sin pagar de un bar?”. A todas las que lo hicieron les sucede lo que a mí: te olvidas de las miles de veces que pagaste la cuenta, pero dejas de pagar una sola, y te acuerdas de ello para siempre. Platón tenía razón: ser bueno te hace feliz, ser malo te hace desgraciado.
La maldad se presenta con varias caras. Todas te dañan. Mentir, hacer trampas o ser desleal dañan tu corazón: eleva el ritmo cardiaco y aumenta la presión arterial 11. La mentira no solo deteriora tus relaciones, es malo para tu salud, cansa y hace que tu cerebro funcione peor. Dejar los embustes, incluso los piadosos, hace que disminuyan los sentimientos de tensión o melancolía y los dolores de cabeza o garganta.
Cuando vemos a alguien que está o es mejor que nosotros tenemos dos caminos: admirarle o envidiarle. Compararse para mejorar nos ayuda a progresar, hacerlo para codiciar es atormentarse; observar a alguien mejor y querer aprender de él te hace bien, fijarse en quien le va mejor y desear que le vaya peor que a ti, te hará mucho mal. El refranero está en lo cierto: “Al pesar por el bien ajeno, envidia llaman y es veneno”.
Y de forma literal, es así. La envidia activa la corteza cingulada anterior dorsal, la región del cerebro donde procesamos el dolor físico. La envidia es una emoción perturbada enfocada en otra persona que nos hace incapaces de tolerar sus virtudes, posesiones o éxito. Suele nacer cuando nos centrarnos en los logros de los demás en aspectos cuya importancia exageramos y que se ha demostrado no suelen ser los grandes motores de la felicidad: el estatus, la belleza, el talento…
Por eso, como el odio, no solo es una emoción desagradable, también es torpe. Si al menos éste consiguiera dañar a la persona que detestas tendría cierta utilidad, pero a la única que lastima es a ti. Sentir envidia es algo estúpido, sentir aversión es idiota. La envidia se define como la tristeza por el bien ajeno, es uno de los 7 pecados capitales, y en el budismo se representa tanto como un caballo que no puede tolerar que otro corra más o como un loco que anda lastimándose a sí mismo y a los demás.
Cuando alguien te daña, es legítimo que le odies, pero el problema es que mientras lo hagas estarás perdiendo el partido; y esa persona ganándolo. Si le detestas le estás entregando una parcela de poder sobre tu vida y serás un poco (o un mucho) menos feliz de lo que podrías ser. Es posible que perdonar no te resulte natural, pero es lo menos perjudicial. Representamos al amor con un corazón, quizás sea porque cada vez que perdonamos cuidamos de éste: esa sencilla acción rebaja la tensión arterial y el ritmo cardíaco. Cuando disculpas los desaciertos o maldades de alguien, eres tú el que se quita un peso de encima, pues te desestresas y destensas.
Hay quienes al comparar budismo y cristianismo enfatizan que el primero busca la felicidad en esta vida mientras el segundo te anima a sacrificarte para encontrar el cielo en la siguiente. Quizás no se han dado cuenta de que cuando Jesús de Nazaret nos animaba a amar al prójimo, incluso al enemigo (“amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen”) nos estaba señalando el camino más sólido para encontrar la felicidad en el presente.
El amor no es el camino más cómodo, pero sí que parece el camino más seguro a la felicidad. Las mujeres soportan niveles de estrés superiores a los hombres y caen en depresión con más frecuencia, se enfadan más a menudo, tienen más días tristes y duermen peor; en cambio suelen tener actitudes y comportamientos más altruistas que los hombres, y sienten con más intensidad que su vida tiene un propósito. Tradicionalmente, las mujeres han tenido el rol de cuidadoras de la familia: de jóvenes criaban a sus pequeños y de adultas mimaban a sus mayores, muchas, además, ayudaban en la granja o el campo. Un trabajo de 24 horas, agotador y estresante, que sin embargo no parece hacerlas menos felices que a los hombres. Cuando preguntamos a unos y otras cuán satisfechos están con sus vidas, ellas manifiestan estar más contentas. Quizá sea porque su capacidad mayúscula de amar no solo embellece su existencia sino que las hace más sabias: cuando determinan qué es lo importante para disfrutar una vida buena, su escala de valores las hace mirar a lugares diferentes a los de los hombres. La felicidad es paradójica: ser altruista deviene en algo egoísta.
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