Antes de realizarme la entrevista para un medio me adelantaron las preguntas. La primera rezaba: “¿quién es Juan Planes?” No me sentí cómodo al leerla porque no sabía bien hacía donde orientar la respuesta. Finalmente, el día de la verdad me preguntaron: “¿quién es hoy Juan Planes?” Como esa jornada iba a dar una charla mi respuesta se decantó hacía lo que haría ese mismo día y por qué lo hacía: “Soy un voluntario de la asociación Desata tu Potencial que prepara a los futuros formadores que irán a impartir clases de inteligencia emocional a los adolescentes”
Cada cierto tiempo imparto un taller de formación denominado: ¿quién diablos soy yo? (este próximo 15 de febrero imparto uno) Suelo comenzarlo invitando a los participantes a que respondan la pregunta: “¿Quién soy yo?”. Nos suelen ofrecer respuestas variadas que solemos clasificar en cuatro categorías: rasgos de personalidad (soy tímida, simpática, buena); roles de vida (arquitecto, padre, amigo); identidades (catalana, liberal, católica); y estados o circunstancias de vida (casado, persona con discapacidad).
No resulta sencillo definir quiénes somos. Las respuestas que damos a esa pregunta apuntan a diferentes manifestaciones de nuestro yo. Pero las personas no “somos” la personalidad que tenemos, puesto que las personas, al madurar, cambiamos. Tampoco la profesión que desempeñamos, incluso aunque no la cambiemos. Ni siquiera nuestra identidad es nuestro rol familiar, pues pasamos de niños a abuelos; ni el rol social que adoptamos, aunque siempre seamos la chica más graciosa del grupo. No podemos identificarnos con nuestras ideas, puesto que no nacimos con ellas y, a veces, las abandonamos; y más considerando, que con demasiada frecuencia algunas personas no son más que un fruto de su entorno, pues hay quienes nunca dejan de ser más que un puro producto del contexto que les rodea y de su Mente Socializada.
El mero hecho de poder “pensar en mí” hace germinar la idea de que cualquiera de nosotros somos dos en uno: el sujeto observador y el individuo observado. Resulta muy desafiante tanto intelectual como espiritualmente descubrir cuál es el verdadero yo: si es el espectador que se mira en perspectiva o el protagonista de la película de su propia vida. De igual manera, ¿quién eres cuando te hablas?: el que articula las palabras o el que las escucha. Si a veces sientes que “te cuesta vivir contigo mismo”, ¿quién eres tú?: ¿el que soporta al otro o el que da guerra?
Vivimos con una falsa sensación de identidad inmutable, pero desde que nacemos lo único perenne de nosotros son el nombre y los apellidos (y en muchos países las mujeres han de adoptar el del marido). El cuerpo no cesa de cambia por dentro -tenemos células que mueren en horas, días, semanas o años-, el cerebro se transforma con cada vivencia y aprendizaje, y la apariencia física evoluciona con los años. Las aguas de un río son diferentes en cada momento, pero las denominamos siempre con el mismo nombre. Un pájaro traza una curva al volar, pero esa marca solo existe en la mente de quien le observa. Las personas dibujamos una línea mental de nuestras vidas, pero es una ilusión que solo vemos nosotros y la gente más allegada.
Muchas personas identifican su identidad con los roles que desempeñan a lo largo de su vida, pero éstos a veces entran en conflicto: el juez que es un tipo cachondo pero debe guardar las formas; la madre deportista y ambiciosa en lo profesional que cuando tiene hijos pequeños se siente mal por abandonar el gym y trabajar menos de lo que le gustaría; el que pilla a su amigo robando en la empresa y quiere mantener la amistad pero sabe que debe guardar fidelidad a la empresa y decide que aflore la verdad.
Existen muchas identidades dentro de cada uno y no siempre están alineadas. Está nuestro yo actual, con las cosas que nos gustan de nosotros y las que no, y el yo ideal en que nos agradaría convertirnos; existe el cómo nos percibimos que somos y cómo nos ven los demás. Hay un yo privado y uno público. A veces, pueden caminar de la mano, pero otras el primero es como Dr. Jekyll y el segundo como Mister Hyde. Puedes ser muy responsable en el trabajo y el más juerguista en la fiesta, ser tímido en el bar y un tigre en la cama, pulcro en la empresa y un desastre en la casa.
También está “quien crees que deberías ser” y el “yo libre”. El primero lo construyes desde tu sentido de la responsabilidad, con frecuencia buscando la seguridad y, demasiadas veces, condicionado por lo que piensan los demás. En cambio, el “libre” es quien serías si no te sintieras juzgado por otros. Es tu auténtico yo, nacido de tus instintos naturales y moldeado por tus propios ideales. Cuanto más se parezcan el uno al otro menos sufrirás. La nieta preguntó: “¿Qué te pasa abuelito, te noto tenso y aturdido?”. “Siento como si dos lobos estuvieran peleando dentro de mí, en mi corazón. Uno de ellos es violento, lleno de rabia, vengativo y envidioso. El otro, sin embargo, es bueno, compasivo, generoso… está lleno de amor”- contestó el viejo. “Abuelo, ¿y quién ganará la pelea?”. “Aquel a quien yo alimente”.
Hay muchos yoes diferentes dentro de uno. Hay a quien le incomoda tener que amoldarse a los roles que ha de desempeñar, y sufre por ello. En cambio, hay personas que se sienten genuinas, auténticas y congruentes desempeñando los diferentes “papeles” del teatro de la vida. Estas últimas, son más felices. Más contento andarás por la vida cuanto antes aprendas que uno no es nadie en concreto y que a la vez es varios; y más aún, cuando dejes de tomarte en serio a alguno de los personajes que representas.
¿Por qué no te apuntas a este taller tan transformador?
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