El 14 de marzo de 2020 nos confinaron. El coronavirus visitó el cuerpo de muchos, e inundó la mente de todos. Sentimos miedo porque no sabíamos qué nos podía pasar. Unos compraban papel del water, otros limpiaban sus zapatos cuando volvían de la calle, yo sacaba efectivo del cajero automático. Muchos temían a la enfermedad, otros a sus gobiernos, y algunos a ambos.
La incertidumbre sobre el futuro es la principal causa de nuestros miedos. Las desgracias que sufrimos y las malas noticias que recibimos nos provocan tristeza o rabia, cosas del pasado y el presente. Las dudas que sentimos y las incertezas que percibimos nos causan miedos y temores, cosas del futuro. Los seres humanos sufrimos más con la incertidumbre, que cuando presentimos que lo que nos va a llegar no nos va a gustar.
Dicen que tememos la muerte, pero yo veo a los más mayores de mi pueblo muy relajados. Si al estar cerca de pasar a mejor vida sintiéramos miedo, los ancianos no serían más felices que los adultos. Pero lo son. Las personas mayores son más dichosas que cuando ellas mismas eran jóvenes, será porque la edad nos enseña a apreciar la vida. Los muy mayores no temen a la muerte, la certeza de que les llegará pronto les hace estar tranquilos (para lo que me queda en el convento…).
La ansiedad y la depresión no están tan ligadas a nuestras desgracias actuales como a las incertezas futuras. Cuando miramos al pasado, unos recuerdan los tiempos felices y otros los tristes, los negativos son de estos últimos. Cuando salimos a la calle, unos atienden al lado bello y otros al feo, los agonías siempre miran la cruz de la moneda. Su visión del pasado y el presente, condiciona su previsión del mañana. Por ello, cuando imaginamos escenarios futuribles unos los ven brillantes y otros sombríos, los catrostrofistas tienden a tener pesadillas. Cuando calculamos las probabilidades de que acabe sucediendo lo mejor o lo peor, los pesimistas siempre apuestan por la fatalidad.
Si uno quiere buscar motivos para estar intranquilo y preocupado tiene muchos lugares donde mirar. Puede atender a lo que puede perder: su trabajo, su dinero, su pareja o su salud. Puede preocuparse por lo que puede llegar: una violación, un accidente, un terremoto o una guerra. Puede inquietarse por los efectos que sus decisiones pueden llegar a provocar: una pérdida económica, un conflicto, un fracaso o renunciar a algo mejor.
Cuando algo en tu vida se trastoca y dejas de pisar sobre suelo firme, es natural sentir que has caído en arenas movedizas y que puedes hundirte. Las películas de mi adolescencia popularizaron la idea de que una persona podía morir tragada por arenas movedizas, pero en los humedales del mundo real uno no puede naufragar. Lamentablemente, las “películas” que nos montamos en la cabeza cuando la vida nos achucha sí pueden hundirnos psicológicamente. Cuando la vida te golpee y sientas que los cimientos que la sustentan se tambalean, tendrás que convencer a tu cabeza de que lo peor que te puede pasar, no es tan malo.
Te deseo que tu mundo mental de 2024 sea de comedias y no de dramas. Feliz año nuevo.
Deja una respuesta