Acababa de terminar la escuela primaria y eso te daba derecho a poder conducir un ciclomotor. Era verano. Mis padres me compraron un Vespino para madrugar e ir a vender al puesto que teníamos en el mercado de abastos. Me encantaba la vida que allí se respiraba. Tenderos y paradistas mercadeando de noche la fruta y verdura que los primeros venderían de mañana en sus tiendas. Me llamó la atención la cantidad de tenderos que me decían “la cosa está muy mal”. Se referían tanto a la situación económica general como a la marcha de sus negocios en particular.
Desde aquel año, 1984, hasta el año 2021, el Producto Interior Bruto per cápita español ha pasado de 4.489 dólares a 30.103 dólares. Si ajustamos esa cifra por la inflación, el nivel adquisitivo de los españoles se ha duplicado en ese período. Para algunos la cosa pintaba mal, pero no ha salido tan mal. En mis clases con adolescentes suelo poner una diapositiva con el título “esta vida es una mierda”. Cuando les pregunto: “¿quién está de acuerdo con esa manifestación?”, siempre me encuentro a alguien que levanta la mano. Las cosas están el doble de mejor que hace 40 años, pero sigue habiendo gente que piensa que “la cosa está muy mal”.
La realidad de nuestro entorno afecta las decisiones que tomamos. Pero es la manera en que nos lo explicamos y cómo predecimos que va a evolucionar, lo que determina qué decidimos hacer. Si crees que “la cosa está muy mal”, raramente invertirás en tu futuro.
Hay quienes creen que el mundo es justo. Algunas frases que han escuchado les han calado: “recoges lo que siembras”, “todo pasa por un motivo”, “a todo cerdo le llega su San Martín”. Estas personas creen que solemos recibir lo que merecemos y que la vida nos suele tratar bien. Podrán estar o no en lo cierto, pero trabajan más duro por su provenir, asumen más riesgos, se recuperan mejor de los golpes, y suelen estar más en paz que los que piensan lo contrario.
Hay quienes creen que los resultados que obtienen son fruto de sus decisiones y esfuerzos. Hay otros que piensan que aquellos se deben a la suerte, el destino, los designios de Dios o la influencia de otras personas, del entorno o de circunstancias externas. De los primeros se dice que tienen un locus de control interno y de los segundos que lo tienen externo. Los primeros se informan y forman más; hacen más ejercicio, comen mejor, y se cuidan más cuando están enfermos; se involucran más en causas sociales; sufren menos psicológicamente; y se suicidan menos. Ambos grupos pueden tener razón, pero los primeros se empeñan en mejorar sus vidas, y éstas suelen irles mejor. Los segundos, como creen que pueden hacer bien poco por ayudarse a sí mismos, se quedan parados.
Cuanto más parte de tu vida sientes que puedes controlar más optimista te vuelves. Y ser optimista te hace mucho bien: los optimistas viven más motivados, disfrutan de mejor salud, soportan mejor el estrés y se deprimen mucho menos. Por contra, los pesimistas imaginan que la mayoría de las cosas les van a salir mal, ya que suelen otorgar muchas más probabilidades al fracaso que al logro, y casi nunca lo hacen de forma realista. Todo ello tiene consecuencias fatales: la mayoría de las personas con depresión son pesimistas.
Siempre habrá quien pensará que el mundo es injusto. Unos nacen más altos, guapos, listos y ricos que otros. Siempre habrá quien crea que sus esfuerzos son vanos, por más que se esfuercen nunca llegarán a donde otros están. Mientras que la tierra no te ofrezca todos los frutos que deseas sin trabajar, tus padres no te regalen el coche que más te gusta, y el Estado no te garantice una generosa pensión vitalicia y te ofrezca servicios públicos impecables, te podrás sentir legitimado a pensar que “esta vida es una mierda”. Eso sí, siempre te quedarán dos estrategias para no deprimirte: o cambiar de planeta, o mirar al mundo de forma más amable.
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