Alguna vez me he dicho a mí mismo: «no haría este esfuerzo si fuera para mí ». Me refiero a los miles de kilómetros recorridos, centenares de días “perdidos”, decenas de miles de euros invertidos y algunas reuniones tensas nacidas del deseo de querer lo mejor para mis hijos. El amor no solo nos hace sentir bien, también nos empodera y nos hace mejores.
Los anglófonos denominan como “positivas” a las emociones que resultan agradables, será porque además de cómo nos hacen sentir también nos transforman para bien: amplían nuestras miras, nos permiten ver más opciones disponibles y nos predisponen a actuar. Cada emoción nos ayuda de una manera diferente: la alegría nos impulsa a jugar; la curiosidad a explorar; y la satisfacción a saborear e integrar. Pero según la “broaden-and-build theory” el amor sería la guinda a todos esos impulsos bonitos: los envolvería y conseguiría que al sentirnos queridos nos sintiéramos seguros.
La mayoría de las emociones son efímeras: la euforia o la rabia se disipan en minutos, y el contento o la decepción en horas. Unas pocas emociones pueden acompañarnos por meses, e incluso años, pero rara vez lo hacen eternamente: la tristeza, la ansiedad o la apatía, en el lado feo; la alegría o la motivación, en el bello. En cambio, el amor es una fuente de energía inagotable, que puede acompañarnos de por vida.
Pero esa no es la única cualidad, que llevó a la profesora Barbara L. Fredrickson a denominarlo como la “emoción suprema”. El amor goza de un estatus superior a la alegría, la diversión, la gratitud o la esperanza, éstas suelen ser expresiones individuales; en cambio, amar envuelve a dos o más personas, nos conecta y nos hace sentir plenamente humanos. Además, se contagia: «amor con amor se paga» dice el refrán (casi siempre, digo yo).
Las personas no estamos conectadas físicamente unas a las otras, pero nuestros cerebros sí lo están (de alguna manera). Éstos disponen de las denominadas neuronas espejo que se activan cuando observan movimientos o reacciones en quienes nos rodean. Así, cuando vemos que alguien saluda con su brazo, el área del cerebro que nos impulsaría a saludar también se “mueve” en consonancia. Estas neuronas nos facilitan ser empáticos y explican porque en el cine lloramos con un drama, pasamos miedo con un thriller o salimos pegando puñetazos y patadas al aire después de una de artes marciales. Incluso sin ver con los ojos a alguien, esa conexión se puede producir. Cuando escuchamos una historia, los cerebros del narrador y del oyente se “mueven” al unísono conforme los pasajes van aconteciendo.
«Todos somos uno» dicen los místicos y parece que, al menos en parte, están en lo cierto. No somos inmunes a lo que les sucede a los demás: sus desgracias nos afectan y los golpes que reciben nos duelen (por eso nos altera ver las noticias). Por suerte, sus logros también nos inspiran. Amamos y ayudamos al prójimo porque aliviar su situación también mejora la nuestra. La ciencia lo corrobora.
Los voluntarios que trabajan con personas desfavorecidas mejoran hasta seis aspectos relacionados con el bienestar psicológico: promueve su salud, ven disminuir sus síntomas depresivos, se sienten más felices, aumentan su autoestima y notan que tienen un mayor control sobre su vida. Ayudar a otros nos hace felices, y estarlo favorece que nos volquemos en los demás: después de vivir un episodio feliz, estamos más predispuestos a realizar cosas por el prójimo. Parece que la relación entre altruismo y felicidad es bidireccional.
Es posible que felicidad y amor se retroalimenten porque nuestro
s cerebros están programados para ello. La “meditación de bondad amorosa» es una práctica budista que pretende promover la compasión y la amabilidad tanto hacia uno mismo como hacia los demás. Consiste en repetir frases como «que seas feliz» y «que dejes de sufrir», y en realizar visualizaciones donde proyectas una luz desde tu corazón al corazón de las personas que deseas ayudar. Esta práctica favorece nuestro bienestar emocional, quizás porque activa las partes del cerebro involucradas en la regulación de las emociones. Love is the way.
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