Es en la última semana de septiembre cuando en mi pueblo, Massamagrell (Valencia, España) despedimos el verano celebrando la vida. Hacía ya demasiado tiempo que no me dejaba caer por las fiestas. Pero ese año se cumplía el 25 aniversario de cuando los de mi cuadrilla fuimos los festeros de la localidad y organizamos los actos que durante 10 días alegran el ánimo, avivan el sentimiento de ser un poble y homenajean la amistad. Decidimos quedar a comer juntos, y serigrafiarnos unas camisetas negras con el texto «ja fa 25 anys i estem de PM» (hace ya 25 años y estamos de puta madre).
Nos íbamos a reencontrar en uno de los días grandes de las fiestas, el sábado que se sueltan vaquillas y toros bravos por los alrededores de la plaza del pueblo. Previa a la suelta de los animales se realiza un pasacalle en el que las cuadrillas del pueblo se juntan, y entre alcohol y risas, bailan callejón abajo a ritmo de música pachanguera. Ese día no solo me reencontré con amigos que hacía unos veinte años que no veía, sino que volví a ver a gente de todas las edades con las huellas del paso del tiempo en sus rostros y cuerpos. Menudo día de aprendizaje. Puedes no saber nada de la vida de alguien durante décadas, pero sus caras muestran cómo les ha ido.
Es normal que unos estuvieran calvos y otros canosos, no tanto que entre los de la misma edad encuentres a unos con arrugas bellas, a otros que las tenían profundas y algunos con caras como pasas. Había quien estaba igual que siempre y quien parecía haberse comido al que un día fue. Ví a mayores que parecían muchachos y a cincuentones que se asemejaban a ancianos. Observe más rostros ensombrecidos que luminosos. Los había con cuerpos atléticos y a los que se les veía endebles. Estaban quienes mantenían el estilo, y los que perdieron todo rastro de haberlo tenido.
En mi pueblo decimos que alguien «está arruinat» cuando su aspecto denota que ha envejecido mal. Nuestros abuelos utilizaron la metáfora de la ruina para describir lo que queda de alguien al que el paso del tiempo no le ha tratado bien.
El cuerpo refleja de inmediato los excesos: una mañana al sol y te quemas la piel, te pasas la noche sin dormir y tienes mala cara, estás 7 días en un resort comiendo y bebiendo sin mesura y te metes cuatro kilos. El cuerpo también muestra si cultivas la virtud: un mes entrenando duro en el gimnasio y tú lo notas, tres meses y es tu pareja la que se percata, seis meses y todo el mundo te dice que te estás poniendo cachas. Por eso sorprende que el refranero se haya acordado de que la cara es el espejo del alma, pero no registre que nuestros cuerpos y rostros son el espejo de nuestros vicios y virtudes.
Volver al pueblo puede hacerte mucho bien. Si unos pocos días o meses de cuidado o maltrato dejan rastro en tu rostro y cuerpo, decenas de meses marcan huellas profundas. Como en una villa pequeña se sabe qué tipo de existencia ha llevado cada uno, puedes observar qué efectos conlleva cada estilo de vida. Quien come mucho, o bebe mucho o ambas cosas. Quien se drogó, o lo dejó o nunca tomó. Quien sale a correr cada día, o pasea cada tarde o está siempre sentado. Quien trabaja con ilusión, o lo hace por obligación o nunca lo hizo. Quien estudia, o lee novelas o ve la tele. Quien mantiene a los amigos, solo ve a la familia, o vive aislado.
¿Por qué en el pueblo hay gente mayor sana, lúcida y llena de energía, y jóvenes enfermos, apagados y cansados? En la mitología griega las Moiras eran tres diosas hermanas que revoloteaban alrededor de los recién nacidos; era entonces cuando asignaban la duración de sus vidas y el momento de sus muertes. Cloto hilaba la hebra, Láquesis marcaba el tiempo de vida y Átropos cortaba el hilo dorado cuando llegaba el momento designado de la muerte. Las Moiras decidían sobre el destino de los neonatos, y ni siquiera los otros dioses podían cambiar la suerte de sus hijos mortales o de sus amigos.
Los mitólogos no son los únicos que creen que el destino está marcado al nacer y que poco podemos hacer para prolongar nuestros día. Pero quien piensa así, anda errado. Desde hace más de dos mil años los taoístas practican ejercicio físico, disciplinan la respiración, cuidan la alimentación, investigan plantas medicinales y disfrutan de sus propias artes de alcoba para lograr más salud y longevidad. Además, también creían que mimando el cuerpo cultivaban su alma. Estaban acertados, cuidarnos nos hace más felices e inteligentes.
Tan cierto es que tenemos diferentes predisposiciones genéticas para padecer ciertas enfermedades, como que podemos prevenirlas. Cuidar de tu cuerpo no solo alargará tu propio hilo dorado, sino que evitará que éste comience a deshilacharse demasiado pronto. Ese cuidado no solo prolongará tu vida, sino que sobre todo, determinará cuántos de tus años son grises y cuántos luminosos.
Así comienza el capítulo dedicado al cuerpo de mi libro Rock your Life. En el mismo no solo te concienciarás de que puedes alagar tu vida, sino de que puedes disfrutar de vitalidad y salud hasta los últimos años de ella. Esta parte es un manual para hacerte dueño de tu estado de ánimo.
También encontrarás técnicas para descansar mejor, reflexiones para encontrar tu ejercicio físico idóneo, prácticas para encontrarte más lúcido e ideas para combinar una dieta sabrosa y saludable. Todo pensado para disparar tus hormonas de la felicidad.
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Pero es mucho más que un libro ameno y escrito con esmero. Es un curso práctico con acceso gratuito a un manual de 150 ejercicios. No te puedo asegurar que realizarlos te llevará adonde quieres llegar, pero sí que te hará más eficaz y feliz.
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